Posts Tagged ‘S. XVIII’

Gainsborough. Las hijas del pintor persiguiendo una mariposa.

marzo 5, 2012

Las hijas del pintor cazando una mariposa

Thomas Gainsborough
Las hijas del pintor persiguiendo una mariposa. 1756.
Galería Nacional de Londres.

Insertas en un paisaje de cálidos tonos otoñales, Mary y Margaret, las hijas del pintor Thomas Gainsborough pasean de la mano.

Por la época, ya eran conocidos los escritos del célebre Rosseau sobre la necesidad de una vuelta a la naturaleza, relacionándola con el estado más puro del hombre como refugio  ante el agitamiento de las ciudades modernas donde pensaba que el espíritu se corrompía de su esencial bondad.

Al mismo tiempo, surgían escritos sobre la educación , las fases de la infancia, etc.

El paisaje de tonos cálidos crea un áurea de intimismo que se ve reforzado por los mismos tonos del vestido.

Las niñas son retratadas por su padre con toda la belleza y naturalidad de la infancia, no posan de manera altiva como los retratos de las clases altas que Gainsborough solía realizar.

El pintor ha preferido inmortalizar de forma más íntima y algo melancólica la belleza fugaz de la infancia, ligera y transparente a la vez fugaz como la mariposa que juguetea entre los matojos.

La luz destaca las caras de las dos niñas para poder apreciar con claridad las reacciones de ambas hacia el mismo hecho.

La pequeña de rostro inocente y asustadizo, de manera espontánea entre asustada y espontáneamente intenta capturar con su manita una mariposa.

Su hermana mayor la observa con gesto más seguro con la confianza que da la experiencia de unos pocosaños más y que le lleva a asir de manera protectora la mano de la pequeña.

El paisaje nos recuerda los paisajes barrocos de los pintores flamencos a quien Gainsborough había estudiado. La pincelada espontánea viva y brillante, los retratos de Rubens o Van Dyck.

 

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San Marcos el día de la Ascensión. Canaletto.

junio 29, 2011
San Marcos el día de la Ascensión

San Marcos el día de la Ascensión

San Marcos el día de la Ascensión.
Canaletto. 1732
Royal Collection

El gran barco de oro de la República veneciana, el Bucentauro, llega a la laguna de San Marcos.
Es el día de la Ascensión.  La luz primaveral de mayo se refleja de forma clara en los solemnes edificios del fondo, como el Palacio Ducal, a la derecha, con sus esbeltas tracerías góticas o la basílica bizantina de San Marcos al fondo, el elevado Campanile y la biblioteca a la izquierda.
Majestuosos testimonios de una ciudad rica en historia.

En primer término, el mar. Ese mar temido y venerado, a los que los venecianos le debían tanto.
Ciudad independiente, que vivía del comercio y el turismo, la República de Venecia, siempre sabría mantener ese sabor romántico oriental – bizantino que tanto gustaría a sus visitantes.

Canaletto, genial maestro del género de la “vedute” (vistas) nos muestra la ciudad en su gran día de fiesta.
Como cada año, el día de la Ascensión, se celebraba los esponsales de la ciudad con el mar. El dux como acto simbólico, arrojaba un anillo a la laguna desde la proa del gran bucentauro  como símbolo del dominio marítimo de la ciudad.

 Era un día de fiesta y distintas góndolas acompañaban el acontecimiento.

 Canaletto se especializó en el paisaje, donde las ciudades son las grandes protagonistas.

Los extranjeros que llegaban a Venecia, adquirían como recuerdo sus obras. Para lograr la exactitud y precisión, el pintor se valía de una cámara oscura.

Canaletto, influirá notablemente en generaciones posteriores como Franceso Guardi o Belloto, si bien estos  perderán el minucioso detallismo  para adaptarse un poco más a la subjetividad y espontaneidad fruto de épocas posteriores.

A través de las obras de Canaletto, nos trasladamos con idealizada ensoñación, pero precisión topográfica a la Venecia festiva y orgullosa del S. XVIII.

Autorretrato con sombrero de paja. Vigée-Lebrun

septiembre 14, 2010
Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato con sombrero de paja. 1782.
Marie Louise Élisabeth Vigée-Lebrun.
National Gallery de Londres.

La pintora Vigée-Lebrun vivió en la época del Rococó, donde la exuberancia y la pompa de la nobleza se hacía gala por toda Europa, mostrando su máximo esplendor en la Corte de Versalles de Francia.

Hija de pintor, se especializó en retratos y su fama fue tal, que la misma reina María Antonieta le pidió que inmortalizara su imagen en más de una ocasión.

Tras un viaje a Flandes, como nos cuenta la artista en sus Memorias, quedó plenamente impactada por la vivacidad de los cuadros de Van Dyck y Rubens. En esa época podemos situar este cuadro, donde se hace una clara alusión al retrato de Susanna Fourment de Peter Paul Rubens.

Un sombrero de paja con flores y plumas le cubre la cabeza y protege del sol. Su rostro aparece  bañado por una suave sombra añadiéndole un halo de misterioso encanto.

La luz clara entra en diagonal por la izquierda para iluminar parte de su cara, busto y manos. El cabello ondulado se peina de forma natural.

La suavidad de colores típica del Rococó, los tonos azul pastel del cielo, el nacarado de la piel y la fresca pincelada, añaden encanto y naturalidad a la pintura y la artista parece querer conversar con sus espectadores.

Uno de los puntos más atrayentes de la obra es cómo la pintora se sitúa en el centro de la composición y nos mira de frente, sus ojos se paran en los nuestros mostrando autoconfianza pero su mirada es serena, dulce a la vez que segura. Se muestra digna al mismo tiempo que graciosa y elegante.

Vigée-Lebrun, en efecto, no tenía nada que envidiar otros compañeros de su arte. En una época dominada por los hombres, fue aceptada, aunque no sin oposición, con intercesión de la reina, como miembro de la Academia Royale de Pintura.

Había encontrado un gran prestigio y estima hacia su obra, sobre todo en las clases altas de la sociedad. Su trabajo era prolífico.  Orgullosa de su talento se autorretrata con su paleta y pinceles, símbolo de su oficio, en su mano izquierda pero no en ropa de trabajo, si no de manera galante, con vestido de raso rosa, largos pendientes y toca negra bordada. Su piel es delicada y blanca, su cuello largo y sus manos finas.

Tras la Revolución Francesa y sus dramáticas consecuencias, viajó por otras cortes europeas donde siguió retratando a personajes de la alta aristocracia, realizando autorretratos y retratos de su hija, para volver al final a Francia, donde  tras una dilatada existencia, fallecería en 1842. En su lápida, una inscripción reza “Aquí, al fin descanso”.