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Autorretrato de Alberto Durero. 1498.

febrero 18, 2010
Autorretrato. Durero

Autorretrato. Durero

 Autorretrato.  Alberto Durero. 1498. Museo del Prado

Durero es el primer pintor occidental que se autorretrata en numerosas ocasiones.

Como refleja el cuadro, Durero ya  consciente de su calidad de artista quiere elevarse por encima de la condición de mero artesano.

En la Edad Media los pintores venían siendo considerados como ejecutores de oficios vulgares. A partir de los grandes maestros italianos del Renacimiento se abre la puerta al “genio” al “artista como creador”. Durero admirará a Leonardo. La “Idea” se elabora en la mente, las manos la transcribirán al lienzo.

Tras viajar a Italia quiere ascender en la rígida escala social de la época.  Perfecciona su técnica y se enorgullece de retratarse con elegantes ropaje y finos guantes. Él mismo recordaría en una carta a un amigo suyo “Aquí (en Venecia) soy un señor, en mi tierra un parásito”.

La minuciosidad por el detalle, obsérvese el rizado cabello, los pliegues de la camisa o el brillo de los ojos es herencia nórdica; la luminosidad, el paisaje y la elegancia del conjunto, son de influencia italiana.

Durero se autorretrata de tres cuartos en vez de de perfil como era la tradición italiana. Al fondo a la derecha una ventana ilumina la habitación y muestra un paisaje de la campiña.

En cuanto a la composición del cuadro vemos cómo el pintor repite la forma de “L” del marco, en su postura. La diagonal imaginaria de izquierda a derecha nos lleva a dos puntos interesantes, los ojos con su mirada distante pero serena y sus elegantes manos finamente cubiertas con guantes de cabritilla.

Debajo del marco, el artista escribe “1498 Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años.” Debajo, el monograma de su firma una A de Alberto y una D de Durero dentro de ésta.

Caminante ante el mar de niebla. Caspar David Friedrich.1818

octubre 26, 2009
Caminante ante el mar de niebla

Caminante ante el mar de niebla

Caminante ante el mar de niebla. Caspar D. Friedrich.1818. Romanticismo alemán.
 
Un caminante solitario alzándose  sobre una roca para contemplar extasiado el mar de nubes que se presenta ante él.
¿Quién es ese caminante que nos da la espalda?, para algunos Friedrich, el propio pintor, para otros un ser fallecido al que Friedrich rinde  homenaje.  Yo lo vería como “el Hombre” como ser digno y elevado, viste orgulloso el  típico traje negro de levita alemán. Es frágil su condición humana, pero sensible y elevada.
Lo vemos en el centro del cuadro, los puntos de fuga tienden hacia él y recorta la escena con color profundo. Pero a la vez apreciamos una naturaleza abumadora, sobrecogedora. Estamos en el centro ¿pero dominamos desde allí o contemplamos?
Lo firmeza y seguridad del primer plano, contrasta con el movimiento vaporoso e indefinido del paisaje.
El caminante de la vida, contempla con admiración la fuerza arrolladora de la Naturaleza. A veces dominada por el hombre, y otras veces escapándose de sus manos.
Esencia del Romanticismo, lo sublime, lo sobrecogedor, formas abiertas, contraste de color.
El hombre ante el destino, ¿su destino? ¿nuestro destino? la condición del hombre su fragilidad, la experiencia discontinua y su dignidad para elevarse y a la vez la fuerza sublime de la Naturaleza.

Acantilados blancos en Rügen. Caspar D. Friedrich

septiembre 5, 2008
Acantilados blancos en Rügen

Acantilados blancos en Rügen

Acantilados Blancos en Rügen. Caspar D. Friedrich. Escuela alemana. Principios S. XIX. Romanticismo.

A través de las obras de Friedrich se aprecia el anhelo humano de infinitud. La melancolía se vislumbra a través de la soledad de la figura humana representada a pequeña escala frente a la inmensidad del paisaje.

Una Naturzalez divinizada, sobrecogedora a la vez que idealizada expresa el sentimiento de lo sublime.

En un primer plano en tonos oscuros aparecen tres figuras humanas, pequeñas y de espaldas al espectador, ya que el verdadero protagonista, el paisaje, está en frente de ellos.

A la derecha, el hombre apoyado sobre el árbol ha quedado conmocionado ante la infinitud de ese mar sereno fundido con el cielo. Ya que como dice Kant en su ensayo sobre lo bello y lo sublime: “ Las cualidades sublimes infunden respeto; las bellas, amor.”

El árbol, símbolo del renacer a la eterna primavera une un primer plano oscuro con un esperanzador fondo luminoso.

Han desaparecido las tradicionales líneas verticales y horizontales que estructuraban el cuadro.

El formato vertical y la composición en forma de “V” nos agobia, la copa de los árboles nos evitan el poder mirar plenamente hacia el fondo. Nos quedamos anhelantes anticipando la visión plena de ese mar de tonos azul y malva. La vista se eleva y busca la sernidad que produce la luz conforme va ascendiendo.

Los perfiles de los escarpados acantilados se dibujan linealmente recortando el plano posterior, mientras dos barcos se alejan y se hacen pequeños ante la inmensidad, como pequeño se siente el hombre ante la limitación de la vida.

Su deseo de inmensidad e infinitud se funde con el infinito.