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Puerto de mar con embarque de la reina de Saba. Claude Lorrain. 1648

mayo 2, 2012

Claudio de Lorena

Puerto de mar con embarque de la reina de Saba. 1648.
Claude Lorrain.
Galería Nacional de Londres.

Claude Gellée era su verdadero nombre, el pintor había nacido en Lorena y muy tempranamente había emigrado a Roma. De ahí su apelativo “Claudio de Lorena”.

Entusiasmado con el esplendor de la Antigüedad clásica, Lorrain recrea en sus paisajes ensoñadores y melancólicos, escenas históricas y mitológicas, grandiosas ruinas, y monumentos solemnes del momento, bañados por una luz suave que diluye y suaviza levemente los contornos.

Lorrain es considerado el primer gran paisajista. Hasta entonces no había tenido tanta importancia éste género por sí mismo. Se lo consideraba menor.

Nos encontramos ante un refulgente amanecer en un puerto de la antigüedad clásica, ruinas y edificios más o menos de la época del pintor, recrean de forma imaginativa y ensoñadora un paisaje idílico.

La luz emerge del fondo bañando sutilmente las nubes, el mar, incitándonos a mirar hacia el horizonte.

En las obras de Lorrain, las figuras se muestran en pequeña escala y como de forma anecdótica, éstas hacen referencia al título de la obra, pero el indiscutible protagonista es el paisaje, un paisaje donde la luz y el color transforman la pintura en poesía y lirismo.

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Caminante ante el mar de niebla. Caspar David Friedrich.1818

octubre 26, 2009
Caminante ante el mar de niebla

Caminante ante el mar de niebla

Caminante ante el mar de niebla. Caspar D. Friedrich.1818. Romanticismo alemán.
 
Un caminante solitario alzándose  sobre una roca para contemplar extasiado el mar de nubes que se presenta ante él.
¿Quién es ese caminante que nos da la espalda?, para algunos Friedrich, el propio pintor, para otros un ser fallecido al que Friedrich rinde  homenaje.  Yo lo vería como “el Hombre” como ser digno y elevado, viste orgulloso el  típico traje negro de levita alemán. Es frágil su condición humana, pero sensible y elevada.
Lo vemos en el centro del cuadro, los puntos de fuga tienden hacia él y recorta la escena con color profundo. Pero a la vez apreciamos una naturaleza abumadora, sobrecogedora. Estamos en el centro ¿pero dominamos desde allí o contemplamos?
Lo firmeza y seguridad del primer plano, contrasta con el movimiento vaporoso e indefinido del paisaje.
El caminante de la vida, contempla con admiración la fuerza arrolladora de la Naturaleza. A veces dominada por el hombre, y otras veces escapándose de sus manos.
Esencia del Romanticismo, lo sublime, lo sobrecogedor, formas abiertas, contraste de color.
El hombre ante el destino, ¿su destino? ¿nuestro destino? la condición del hombre su fragilidad, la experiencia discontinua y su dignidad para elevarse y a la vez la fuerza sublime de la Naturaleza.

La gran Ola de Kanagawa. Hokusai.

junio 21, 2009
La gran ola de Kanawa

La gran ola de Kanagawa

La gran Ola de Kanagawa. Hokusai. 1830 -1832.  Grabado en madera

La gran Ola de Kanagawa forma parte de una serie de treinta y seis vistas del Monte Fuji, realizado a principios de la década de los treinta por el artista japonés Katsushika Hokusai.

Este en concreto es el grabado más conocido y ha sido ampliamente reproducido, encontrándose diversas versiones en distintos museos, Museo Metropolitano de Arte de Nueva York,  Museo Victoria Alberto de Londres, Museo Británico, etc.

Hokusai inicia su carrera pictórica aprendiendo los motivos tradicionales de los Ukiyoe o “Pinturas Flotantes” se trataba de grabados realizados con gran rápidez y comercializables a buen precio.  En los inicios estos grabados representaban motivos del teatro japonés, guerreros samurais, cortesanas… en una siguiente etapa aparecerá también en ellos el paisaje. Éste es entendido más que como “representación” como estado del alma, ya que para la mentalidad japonesa, la naturaleza forma parte de nosotros mismos, a veces sobrecogedora, otras dominada por el hombre en sus labores domésticas…

El Monte Fuji con sus 3776 metros de altitud es el monte sagrado por excelencia de Japón. El pico más alto de la Isla al cuál se le atribuían leyendas relacionadas con el elixir de la inmortalidad.

Hokusay homenajea con esta serie de grabados el más poderoso símbolo del Japón.

La gran ola domina el primer plano, su vitalismo y fuerza contrasta con el sereno hueco que forma y desde el cuál, como por casaualidad se vislumbra el Monte Fuji, con su cima cubierta de nieve.

La gran ola se arremolina en espiral y parece terminar en garras, como las del mítico dragón japonés.

Los motivos principales se encuentran bien delineados con firme trazo negro.

Las líneas curvas de la ola se compensan con las rectas de la barca, la furia del mar con la serenidad inmutable del Monte Fuji o con la experiencia de los pescadores quse se esmeran en su labor.

El redescubierto azul de Berlín contrasta con su opuesto el anaranjado del cielo.

Las fuerzas del Ying y el Yang se hacen patentes.

La vitalidad de la obra, la manera de tratar el tema, el colorido vibrante y los contrastes entre planos no dejarían impasibles a los pintores occidentales, apreciándose una gran influencia en los Impresionistas.

Acantilados blancos en Rügen. Caspar D. Friedrich

septiembre 5, 2008
Acantilados blancos en Rügen

Acantilados blancos en Rügen

Acantilados Blancos en Rügen. Caspar D. Friedrich. Escuela alemana. Principios S. XIX. Romanticismo.

A través de las obras de Friedrich se aprecia el anhelo humano de infinitud. La melancolía se vislumbra a través de la soledad de la figura humana representada a pequeña escala frente a la inmensidad del paisaje.

Una Naturzalez divinizada, sobrecogedora a la vez que idealizada expresa el sentimiento de lo sublime.

En un primer plano en tonos oscuros aparecen tres figuras humanas, pequeñas y de espaldas al espectador, ya que el verdadero protagonista, el paisaje, está en frente de ellos.

A la derecha, el hombre apoyado sobre el árbol ha quedado conmocionado ante la infinitud de ese mar sereno fundido con el cielo. Ya que como dice Kant en su ensayo sobre lo bello y lo sublime: “ Las cualidades sublimes infunden respeto; las bellas, amor.”

El árbol, símbolo del renacer a la eterna primavera une un primer plano oscuro con un esperanzador fondo luminoso.

Han desaparecido las tradicionales líneas verticales y horizontales que estructuraban el cuadro.

El formato vertical y la composición en forma de “V” nos agobia, la copa de los árboles nos evitan el poder mirar plenamente hacia el fondo. Nos quedamos anhelantes anticipando la visión plena de ese mar de tonos azul y malva. La vista se eleva y busca la sernidad que produce la luz conforme va ascendiendo.

Los perfiles de los escarpados acantilados se dibujan linealmente recortando el plano posterior, mientras dos barcos se alejan y se hacen pequeños ante la inmensidad, como pequeño se siente el hombre ante la limitación de la vida.

Su deseo de inmensidad e infinitud se funde con el infinito.