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El Conde Duque de Olivares a caballo

marzo 5, 2014

Imagen

El Conde Duque de Olivares a caballo. 1634. Diego Velázquez. Museo del Prado.

Don Gaspar Guzmán y Pimentel, conde duque de Olivares y valido del rey, nos mira orgulloso sabedor de su poder en la España de Felipe IV.

Como no podía ser de otra manera, se hace retratar orgulloso y altivo, cual césar romano a caballo y en corveta.

Su diagonal barroca domina el cuadro y su penetrante mirada detiene el tiempo.

En el fulgor de la batalla,  donde  el humo aún a lo lejos se divisa, los bravos  nubarrones en ciernes o la bravura del caballo no atemorizan al conde duque, quien con su frío autocontrol, sosiega toda convulsión.

La genialidad de Diego de Silva Velázquez se hace patente en esa captación psicológica unida a una maestría técnica sin igual,  obra de pincelada brillante y rápida, riqueza cromática y perfecto dominio de las texturas.

La luz y la sombra de la España Barroca donde al compás del ocaso de un gran Imperio, la genialidad del arte del momento trasciende y brilla con luz propia.

Crucificado de Velázquez

agosto 30, 2011
Crucificado de Velázquez
Crucificado de Velázquez

Cristo crucificado. Diego Velázquez.
Hacia 1632.
Museo del Prado

Silencio y recogimiento ante el dolor contenido del Crucificado de Velázquez.

Es ello lo que transmite esta obra maestra del célebre pintor sevillano.

Frente al dramatismo y la retórica de otros cuadros Barrocos, al éxtasis y la pasión desbordante, Velázquez nos muestra un crucificado de cuerpo atlético y serenidad apolínea.

Desprendido del envoltorio engañoso, de la retórica dramática barroco o el ardor apasionado de los cuadros religiosos de la Contrarreforma, con pocas marcas de dolor y sufrimiento, el Crucificado calla dignamente en el silencio del Misterio.

Fuera de espacio y tiempo, sobre  fondo oscuro su imagen nos llega directamente con más intensidad. Un halo de luz mística lo envuelve, mostrando a Cristo como luz entre las tinieblas de la vida.

Sus brazos se extienden a la  humanidad. Su cabeza levemente se inclina levemente hacia nuestra izquierda y cae en escorzo hacia delante.

Por influencia de su suegro el pintor y tratadista, Pacheco, Velázquez retoma la representación de los cuatro clavos con que fue crucificado en vez de tres como se venía haciendo en los últimos años.

Según la leyenda, el rey Felipe IV sería el donante de este cuadro como arrepentimiento de sus amoríos ilícitos. Se trataría de un cuadro que incitara a la oración profunda. Al pie de la cruz, quedarían las penas.

Si fuera así, Velázquez supo plasmar un Cristo humilde y sencillo no justiciero si no compasivo, dispuesto a la escucha serena. Es en esta calma sobrenatural donde reside toda la grandeza potencial y trascendente de la obra.

Autorretrato de Alberto Durero. 1498.

febrero 18, 2010
Autorretrato. Durero

Autorretrato. Durero

 Autorretrato.  Alberto Durero. 1498. Museo del Prado

Durero es el primer pintor occidental que se autorretrata en numerosas ocasiones.

Como refleja el cuadro, Durero ya  consciente de su calidad de artista quiere elevarse por encima de la condición de mero artesano.

En la Edad Media los pintores venían siendo considerados como ejecutores de oficios vulgares. A partir de los grandes maestros italianos del Renacimiento se abre la puerta al “genio” al “artista como creador”. Durero admirará a Leonardo. La “Idea” se elabora en la mente, las manos la transcribirán al lienzo.

Tras viajar a Italia quiere ascender en la rígida escala social de la época.  Perfecciona su técnica y se enorgullece de retratarse con elegantes ropaje y finos guantes. Él mismo recordaría en una carta a un amigo suyo “Aquí (en Venecia) soy un señor, en mi tierra un parásito”.

La minuciosidad por el detalle, obsérvese el rizado cabello, los pliegues de la camisa o el brillo de los ojos es herencia nórdica; la luminosidad, el paisaje y la elegancia del conjunto, son de influencia italiana.

Durero se autorretrata de tres cuartos en vez de de perfil como era la tradición italiana. Al fondo a la derecha una ventana ilumina la habitación y muestra un paisaje de la campiña.

En cuanto a la composición del cuadro vemos cómo el pintor repite la forma de “L” del marco, en su postura. La diagonal imaginaria de izquierda a derecha nos lleva a dos puntos interesantes, los ojos con su mirada distante pero serena y sus elegantes manos finamente cubiertas con guantes de cabritilla.

Debajo del marco, el artista escribe “1498 Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años.” Debajo, el monograma de su firma una A de Alberto y una D de Durero dentro de ésta.