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La Adoración de los Pastores. Murillo

diciembre 29, 2011
Adoración de los pastores
Adoración de los pastores

La Adoración de los Pastores. 1650-1655.
Bartolomé Esteban Murillo.
Museo del Prado.

Una luz brilla entre la oscuridad de la noche. El Niño Jesús ha nacido en un pobre pesebre.

Según nos cuenta el Evangelio de San Lucas, unos pastores fueron a adorarle.

En las obras de Murillo, la humanidad se hace presente.

Una vez más, lo celestial ha bajado a la tierra, pero de manera silenciosa; no busquemos en el cuadro destellos refulgentes de halos de santidad, o ricas joyas y tejidos suntuosos.

El realismo del barroco sevillano y el tenebrismo caravaggesco son propios de la época.

Se presenta la realidad tal y como es, sin más idealización que la belleza del hecho causante.

La Virgen María es una joven de rostro dulce, la luz que emana del Niño baña su rostro e ilumina parte del pesebre.

Los pastores con sus pobres ropas harapientas, recogimiento y sencillez son retratados de forma naturalista, como modelo ejemplar de actitud en la vida.

Las tres edades del hombre juventud, madurez y ancianidad, adoran al Niño .

Nadie mejor que Murillo con su estilo sencillo y humilde par reflejar el Misterio de la Natividad.

Crucificado de Velázquez

agosto 30, 2011
Crucificado de Velázquez
Crucificado de Velázquez

Cristo crucificado. Diego Velázquez.
Hacia 1632.
Museo del Prado

Silencio y recogimiento ante el dolor contenido del Crucificado de Velázquez.

Es ello lo que transmite esta obra maestra del célebre pintor sevillano.

Frente al dramatismo y la retórica de otros cuadros Barrocos, al éxtasis y la pasión desbordante, Velázquez nos muestra un crucificado de cuerpo atlético y serenidad apolínea.

Desprendido del envoltorio engañoso, de la retórica dramática barroco o el ardor apasionado de los cuadros religiosos de la Contrarreforma, con pocas marcas de dolor y sufrimiento, el Crucificado calla dignamente en el silencio del Misterio.

Fuera de espacio y tiempo, sobre  fondo oscuro su imagen nos llega directamente con más intensidad. Un halo de luz mística lo envuelve, mostrando a Cristo como luz entre las tinieblas de la vida.

Sus brazos se extienden a la  humanidad. Su cabeza levemente se inclina levemente hacia nuestra izquierda y cae en escorzo hacia delante.

Por influencia de su suegro el pintor y tratadista, Pacheco, Velázquez retoma la representación de los cuatro clavos con que fue crucificado en vez de tres como se venía haciendo en los últimos años.

Según la leyenda, el rey Felipe IV sería el donante de este cuadro como arrepentimiento de sus amoríos ilícitos. Se trataría de un cuadro que incitara a la oración profunda. Al pie de la cruz, quedarían las penas.

Si fuera así, Velázquez supo plasmar un Cristo humilde y sencillo no justiciero si no compasivo, dispuesto a la escucha serena. Es en esta calma sobrenatural donde reside toda la grandeza potencial y trascendente de la obra.