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Autorretrato con sombrero de paja. Vigée-Lebrun

septiembre 14, 2010
Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato con sombrero de paja. 1782.
Marie Louise Élisabeth Vigée-Lebrun.
National Gallery de Londres.

La pintora Vigée-Lebrun vivió en la época del Rococó, donde la exuberancia y la pompa de la nobleza se hacía gala por toda Europa, mostrando su máximo esplendor en la Corte de Versalles de Francia.

Hija de pintor, se especializó en retratos y su fama fue tal, que la misma reina María Antonieta le pidió que inmortalizara su imagen en más de una ocasión.

Tras un viaje a Flandes, como nos cuenta la artista en sus Memorias, quedó plenamente impactada por la vivacidad de los cuadros de Van Dyck y Rubens. En esa época podemos situar este cuadro, donde se hace una clara alusión al retrato de Susanna Fourment de Peter Paul Rubens.

Un sombrero de paja con flores y plumas le cubre la cabeza y protege del sol. Su rostro aparece  bañado por una suave sombra añadiéndole un halo de misterioso encanto.

La luz clara entra en diagonal por la izquierda para iluminar parte de su cara, busto y manos. El cabello ondulado se peina de forma natural.

La suavidad de colores típica del Rococó, los tonos azul pastel del cielo, el nacarado de la piel y la fresca pincelada, añaden encanto y naturalidad a la pintura y la artista parece querer conversar con sus espectadores.

Uno de los puntos más atrayentes de la obra es cómo la pintora se sitúa en el centro de la composición y nos mira de frente, sus ojos se paran en los nuestros mostrando autoconfianza pero su mirada es serena, dulce a la vez que segura. Se muestra digna al mismo tiempo que graciosa y elegante.

Vigée-Lebrun, en efecto, no tenía nada que envidiar otros compañeros de su arte. En una época dominada por los hombres, fue aceptada, aunque no sin oposición, con intercesión de la reina, como miembro de la Academia Royale de Pintura.

Había encontrado un gran prestigio y estima hacia su obra, sobre todo en las clases altas de la sociedad. Su trabajo era prolífico.  Orgullosa de su talento se autorretrata con su paleta y pinceles, símbolo de su oficio, en su mano izquierda pero no en ropa de trabajo, si no de manera galante, con vestido de raso rosa, largos pendientes y toca negra bordada. Su piel es delicada y blanca, su cuello largo y sus manos finas.

Tras la Revolución Francesa y sus dramáticas consecuencias, viajó por otras cortes europeas donde siguió retratando a personajes de la alta aristocracia, realizando autorretratos y retratos de su hija, para volver al final a Francia, donde  tras una dilatada existencia, fallecería en 1842. En su lápida, una inscripción reza “Aquí, al fin descanso”.

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Autorretrato de Alberto Durero. 1498.

febrero 18, 2010
Autorretrato. Durero

Autorretrato. Durero

 Autorretrato.  Alberto Durero. 1498. Museo del Prado

Durero es el primer pintor occidental que se autorretrata en numerosas ocasiones.

Como refleja el cuadro, Durero ya  consciente de su calidad de artista quiere elevarse por encima de la condición de mero artesano.

En la Edad Media los pintores venían siendo considerados como ejecutores de oficios vulgares. A partir de los grandes maestros italianos del Renacimiento se abre la puerta al “genio” al “artista como creador”. Durero admirará a Leonardo. La “Idea” se elabora en la mente, las manos la transcribirán al lienzo.

Tras viajar a Italia quiere ascender en la rígida escala social de la época.  Perfecciona su técnica y se enorgullece de retratarse con elegantes ropaje y finos guantes. Él mismo recordaría en una carta a un amigo suyo “Aquí (en Venecia) soy un señor, en mi tierra un parásito”.

La minuciosidad por el detalle, obsérvese el rizado cabello, los pliegues de la camisa o el brillo de los ojos es herencia nórdica; la luminosidad, el paisaje y la elegancia del conjunto, son de influencia italiana.

Durero se autorretrata de tres cuartos en vez de de perfil como era la tradición italiana. Al fondo a la derecha una ventana ilumina la habitación y muestra un paisaje de la campiña.

En cuanto a la composición del cuadro vemos cómo el pintor repite la forma de “L” del marco, en su postura. La diagonal imaginaria de izquierda a derecha nos lleva a dos puntos interesantes, los ojos con su mirada distante pero serena y sus elegantes manos finamente cubiertas con guantes de cabritilla.

Debajo del marco, el artista escribe “1498 Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años.” Debajo, el monograma de su firma una A de Alberto y una D de Durero dentro de ésta.