Autorretrato con sombrero de paja. Vigée-Lebrun


Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato con sombrero de paja. 1782.
Marie Louise Élisabeth Vigée-Lebrun.
National Gallery de Londres.

La pintora Vigée-Lebrun vivió en la época del Rococó, donde la exuberancia y la pompa de la nobleza se hacía gala por toda Europa, mostrando su máximo esplendor en la Corte de Versalles de Francia.

Hija de pintor, se especializó en retratos y su fama fue tal, que la misma reina María Antonieta le pidió que inmortalizara su imagen en más de una ocasión.

Tras un viaje a Flandes, como nos cuenta la artista en sus Memorias, quedó plenamente impactada por la vivacidad de los cuadros de Van Dyck y Rubens. En esa época podemos situar este cuadro, donde se hace una clara alusión al retrato de Susanna Fourment de Peter Paul Rubens.

Un sombrero de paja con flores y plumas le cubre la cabeza y protege del sol. Su rostro aparece  bañado por una suave sombra añadiéndole un halo de misterioso encanto.

La luz clara entra en diagonal por la izquierda para iluminar parte de su cara, busto y manos. El cabello ondulado se peina de forma natural.

La suavidad de colores típica del Rococó, los tonos azul pastel del cielo, el nacarado de la piel y la fresca pincelada, añaden encanto y naturalidad a la pintura y la artista parece querer conversar con sus espectadores.

Uno de los puntos más atrayentes de la obra es cómo la pintora se sitúa en el centro de la composición y nos mira de frente, sus ojos se paran en los nuestros mostrando autoconfianza pero su mirada es serena, dulce a la vez que segura. Se muestra digna al mismo tiempo que graciosa y elegante.

Vigée-Lebrun, en efecto, no tenía nada que envidiar otros compañeros de su arte. En una época dominada por los hombres, fue aceptada, aunque no sin oposición, con intercesión de la reina, como miembro de la Academia Royale de Pintura.

Había encontrado un gran prestigio y estima hacia su obra, sobre todo en las clases altas de la sociedad. Su trabajo era prolífico.  Orgullosa de su talento se autorretrata con su paleta y pinceles, símbolo de su oficio, en su mano izquierda pero no en ropa de trabajo, si no de manera galante, con vestido de raso rosa, largos pendientes y toca negra bordada. Su piel es delicada y blanca, su cuello largo y sus manos finas.

Tras la Revolución Francesa y sus dramáticas consecuencias, viajó por otras cortes europeas donde siguió retratando a personajes de la alta aristocracia, realizando autorretratos y retratos de su hija, para volver al final a Francia, donde  tras una dilatada existencia, fallecería en 1842. En su lápida, una inscripción reza “Aquí, al fin descanso”.

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