Archive for 23 septiembre 2010

El Temerario remolcado a dique seco.

septiembre 23, 2010
The Fighting Temeraire tugged to her last berth to be broken up

The Fighting Temeraire tugged to her last berth to be broken up

El Temerario remolcado a dique seco. Turner 1839.
National Gallery de Londres

Turner, el gran pintor inglés de la luz romántica, describe  poéticamente en esta obra  los últimos momentos de El Temerario.

Este barco de guerra utilizado en la Batalla de Trafalgar por el almirante Nelson en 1808, es remolcado treinta años después por un pequeño barco de vapor más moderno para su desguace.
Turner, testigo del momento efímero, como buen pintor romántico nos deja el testimonio.

El Temerario, de color claro y grandes dimensiones, solemne en su último viaje, aparece como una alegoría de las victorias navales del pasado.

La pintura es expresiva, suelta, a manchas. Será muy admirada por generaciones posteriores por su gran carga poética, dramática y efectista.

El horizonte bajo hace destacar con gran pathos la figura del enorme barco y ese impresionante cielo cargado de color en sus difusas nubes.

El sol se pone reflejando sus flamígeros colores sobre las aguas tranquilas del Támesis.

La puesta de sol nos alude al final de una época, de una vida, de un pasado.

De forma serena El Temerario asume con grandeza su destino hacia el ocaso.

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Halcones en la noche. Edward Hopper.

septiembre 19, 2010
Nighthawks

Nighthawks

Halcones en la noche. Edward Hopper. 1942.
Colección del Instituto de Arte de Chicago.

Halcones en la Noche, traducción literal del nombre originario del cuadro “Nighthawks” o “Noctámbulos” en su versión castellana, es una obra que no deja impasible al espectador.

Un halo de ansiedad y  misterio lo envuelve. El cine clásico recurriría muchas veces a esta obra.

El silencio y la soledad de la vida moderna se nos presentan como en una imagen fantástica y onírica que conecta con los cuadros de Giorgio Chirico.

Un rincón de la Greenwich Avenue de Nueva York es iluminado de forma espectral por las luces fluorescentes de un bar. Éste se ubica a la derecha del cuadro, en original perspectiva.

En la acera de en frente vemos un edificio solitario con un escaparate vacío y ventanas oscuras.

Los fuertes colores rojo, amarillo y negro dan énfasis a la pintura

La sensación de distanciamiento se refuerza con la cristalera, a través de ella podemos ver a cuatro personas.

Como si se refugiaran allí de la soledad y el vacío, de la alienación del individuo en la vida moderna buscan la fuerte luz artificial que cual faro  se presenta  como reclamo en la oscuridad de la noche.

Los personajes no se miran entre ellos, uno aparece desplazado en la esquina de la barra, otro ensimismado en sus pensamientos, la mujer de rojo da una nota de color y contraste al cuadro.

Estos tres personajes aparecen recortados sobre un fondo negro, la sensación es la de ver un cuadro dentro de otro cuadro. ¿Hasta dónde llegan los espacios fragmentados y la experiencia discontinua de la vida en la gran ciudad? El camarero, a parte inclinado, realiza su labor. El tiempo se detiene.

Autorretrato con sombrero de paja. Vigée-Lebrun

septiembre 14, 2010
Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato Vigée-Lebrun

Autorretrato con sombrero de paja. 1782.
Marie Louise Élisabeth Vigée-Lebrun.
National Gallery de Londres.

La pintora Vigée-Lebrun vivió en la época del Rococó, donde la exuberancia y la pompa de la nobleza se hacía gala por toda Europa, mostrando su máximo esplendor en la Corte de Versalles de Francia.

Hija de pintor, se especializó en retratos y su fama fue tal, que la misma reina María Antonieta le pidió que inmortalizara su imagen en más de una ocasión.

Tras un viaje a Flandes, como nos cuenta la artista en sus Memorias, quedó plenamente impactada por la vivacidad de los cuadros de Van Dyck y Rubens. En esa época podemos situar este cuadro, donde se hace una clara alusión al retrato de Susanna Fourment de Peter Paul Rubens.

Un sombrero de paja con flores y plumas le cubre la cabeza y protege del sol. Su rostro aparece  bañado por una suave sombra añadiéndole un halo de misterioso encanto.

La luz clara entra en diagonal por la izquierda para iluminar parte de su cara, busto y manos. El cabello ondulado se peina de forma natural.

La suavidad de colores típica del Rococó, los tonos azul pastel del cielo, el nacarado de la piel y la fresca pincelada, añaden encanto y naturalidad a la pintura y la artista parece querer conversar con sus espectadores.

Uno de los puntos más atrayentes de la obra es cómo la pintora se sitúa en el centro de la composición y nos mira de frente, sus ojos se paran en los nuestros mostrando autoconfianza pero su mirada es serena, dulce a la vez que segura. Se muestra digna al mismo tiempo que graciosa y elegante.

Vigée-Lebrun, en efecto, no tenía nada que envidiar otros compañeros de su arte. En una época dominada por los hombres, fue aceptada, aunque no sin oposición, con intercesión de la reina, como miembro de la Academia Royale de Pintura.

Había encontrado un gran prestigio y estima hacia su obra, sobre todo en las clases altas de la sociedad. Su trabajo era prolífico.  Orgullosa de su talento se autorretrata con su paleta y pinceles, símbolo de su oficio, en su mano izquierda pero no en ropa de trabajo, si no de manera galante, con vestido de raso rosa, largos pendientes y toca negra bordada. Su piel es delicada y blanca, su cuello largo y sus manos finas.

Tras la Revolución Francesa y sus dramáticas consecuencias, viajó por otras cortes europeas donde siguió retratando a personajes de la alta aristocracia, realizando autorretratos y retratos de su hija, para volver al final a Francia, donde  tras una dilatada existencia, fallecería en 1842. En su lápida, una inscripción reza “Aquí, al fin descanso”.

Virgen con el Niño y dos ángeles

septiembre 14, 2010
Virgen con el Niño y dos ángeles

Virgen con el Niño y dos ángeles

Virgen con el Niño y dos ángeles. 1445.
Fra Filippo Lippi. Galería de los Uffizi. Florencia.

Esta Madonna con el Niño y dos ángeles fue realizada por Filippo Lippi a mediados del Siglo XV. La era del “Quattrocento” italiano.

Según nos cuanta el historiador Vasari en sus célebres Vidas de pintores, Lippi tomó como modelo para la Madonna a su amante, la bella Lucrecia Butti.

Nos encontramos ante  una obra cargada de belleza serena.

La Virgen es presentada en actitud orante, con las manos unidas mirando fijamente al Niño Jesús. Su mirada profunda y melancólica parece anticipar el Sacrificio de Cristo y Su Muerte. Se encuentra sentada sobre un trono con rocallas doradas de influencia oriental.

El paisaje rocoso y nublado del fondo podría aludir al Gólgota, donde Jesús va a ser crucificado. Esta ventana artificial, enmarcada tridimensionalmente, se abre por detrás dando profundidad a la composición.

A la derecha, dos ángeles sostienen al Niño. Uno de ellos, vuelve la cabeza hacia nosotros, sonríe y nos mira queriendo hacernos partícipes de la escena.

Su rostro, más profano, contrasta con la belleza idealizada de la Virgen, de perfil estilizado, cuello largo y apacible mirada.

El dibujo elegante y refinado domina la pintura. Botticelli trabajaría en el taller de Lippi y asumiría su estilo.

A su vez, se observa en Lippi, la influencia del pintor Masaccio en el rostro del Pequeño y los ángeles. En los volúmenes grandiosos y la rotundidad.

La composición es equilibrada, el manto azul de la Virgen contrasta con la luz suave y dorada que baña el cuadro y lo sumerge en una atmósfera de delicada apacibilidad.